El Juego de las Sillas


Más arriba de nuestra cabaña, siguiendo la ladera, había un grupo de sillas viejas de un metal ya torcido por los años. Seguían de pie junto al bosque por pura voluntad propia, pero no hubieran soportado más que el peso de un niño.

Yo llevaba años sin salir de vacaciones con mi familia. A mi padre no solemos creerle las salidas hasta un par de días antes de que ocurran. Siempre ha dicho cada tanto que ahora sí nos vamos a tal o cual lugar al que le encantaría regresar, rara vez algún lugar nuevo. Esta vez parecía ir en serio. “Tú llega a Pachuca y ahí pasamos por ti.” No es como si tuviera muchos planes ni trabajos en aquellos días de pandemia, así que salí de la Central del Norte poco después. A Hidalgo no habíamos regresado todos juntos desde que mi sobrina era muy pequeña. Estábamos casi todos.

A la cabaña se llegaba por una carreterita angosta a unos treinta minutos de Mineral del Chico, más un tramo de otro camino de tierra. Estábamos casi encima de la casa de una señora con cantidades enormes de ollas y tazas de barro colgando de la paredes de su cocina, que nos ofreció algo de aguardiente para el frío a mi y a mi hermana.


Fueron días tranquilos, de ver llover, de subir la ladera y sentarnos junto a una fogata por las noches. Me dediqué a ver entrar la luz por los árboles y las ventanas, sobre el rostro de mi sobrina ya no tan pequeña. Más arriba en la ladera, un grupo de sillas parecieran mirarse unas a otras, conversando quizá sobre la tarde lluviosa del día anterior o la frescura del sol que salió esta mañana o de las hierbas que comenzaban a crecer bajo sus pies. Cuando no sé de qué hablar con mis padres también sólo hablamos del clima. Prefiero no contarles de malas noticias, o decepciones comunes. Sólo de qué tan grises fueron las nubes aquel día, si aquí o allá estará cayendo un aguacero. Del frío que uno tendría siendo silla a la intemperie.

A veces, cuando en la llamada nos quedamos en silencio, mi madre suelta de repente que hoy es fecha en que murió tu tía, hoy es fecha que murió tu abuelo, tu tío que se llama igual que tú. Como tu sobrina un día dijo que ya nos estamos haciendo más poquitos. Ya es día que tu nombre no sonará de nuevo en ciertas voces. Donde en un rinconcito en el cerro quedan sólo unas sillas sin gente, viendo el cielo.